viernes, 18 de mayo de 2012

Ni lo dudes

Hoy no sabes qué día es.

 –Vas a llegar tarde a recoger a tu hermano. – Me dices, con esa vocecilla de pájaro asustado, débil, quebradiza.

 –No, mamá, hoy no llega hasta las tres.

 Y tú suspiras y cierras los ojos con una mueca de dolor en tu frente. Esa frente que desde hace algún tiempo solo parece contener arrugas de preocupación y sufrimiento.

 – ¿Estás bien?– Intento que mi voz suene tranquila, pero pocas veces lo consigo. También intento que mis sonrisas no se trunquen en muecas cuando tus ojos se posan sobre los míos. Pero también me cuesta. Tú respiras de forma entrecortada, una lágrima parece a punto de abandonar tus ojos; tus ojos, que aún continúan cerrados.

 –Vamos a salir de esta, ¿Verdad, Elena? – Y entonces los abres. Me miras. Y yo sonrío tratando de no formar una mueca al responder, tratando de que mi voz suene tranquila cuando me estoy muriendo por dentro.

 –Ni lo dudes, mamá.

 Y tú cierras los ojos, tu frente se relaja y tu respiración se calma. En unos segundos ya estás durmiendo. Tan rápido. Y yo corro al cuarto del baño, porque no puedo, no debo, no quiero que tú me veas llorar. Porque, ni lo dudes, vamos a salir de esta.

Puto cáncer

El cáncer es una enfermedad que se transmite gracias a la división de las células. Una vez que una de las células de tu cuerpo se infecte, no importa cómo, no importa cuánto; esta provocará la infección de todas aquellas que la rodean. Una vez que cualquiera de esas células infectadas deba dividirse para producir, por ejemplo, el crecimiento del pelo, el crecimiento de las uñas, la cicatrización de una herida, o una costra, o un arañazo... una vez que eso ocurra, las células que se creen estarán asimismo infectadas. Una a una hasta que todas las células del cuerpo posean la información contaminante del cáncer. Si se infectan las células del pulmón, la persona sufrirá problemas respiratorios que muy frecuentemente serán diagnosticados como una falsa neumonía. Si la infección se produce en el duodeno, la persona sufrirá de problemas para digerir y evacuar los nutrientes que ingiera, y muy frecuentemente será falsamente diagnosticada con un "atasco" sutilmente tratado con una sonda naso-gástrica. Si la infección se produce en el hígado... estás jodido. Porque el hígado, encargado de repartir la sangre al resto del cuerpo, de depurar todas las miasmas que ésta pueda contener, será una vez infectado el que reparta más rápidamente estas células cancerosas. Si se infectan a la vez los tres órganos, por fin se darán cuenta de que la verdadera razón del "malestar" del paciente es, nada más y nada menos, un cáncer de ovarios. ¡Tachán!

Pero si pensabas que no había nada peor que no poder respirar ni comer y estar eternamente asustado con la velocidad en que tus células se reproducen, te equivocabas. Existe eso a lo que llaman "cura", que consiste en, lógica y cruelmente, evitar la reproducción de las células para después extirpar los órganos infectados. Es aquí cuando la acepción de matasanos tan frecuentemente adjudicada a los médicos cobra un increíble sentido. Porque es ciertamente eso, matar un sano, lo que hace la llamada quimioterapia: matar tanto las células sanas como las infectadas del paciente para, después, extirparle parte de sus órganos con el fin de eliminar una enfermedad basada en la reproducción de las células. Y qué significa que las células se reproduzcan sino que la persona sigue viva.

Es así como se somete al paciente a un tratamiento invasivo y agresivo que le convierte prácticamente en uno de esos judíos salidos del campo de Auschwitz. Delgado, porque todo lo que come lo vomita (para eso existe una bonita solución, llamada bolsa parenteral, con la que se inyectan las 2000kc necesarias para que el paciente cobre fuerzas... a base de quemarle poco a poco las venas); con la cabeza perdida o si acaso la capacidad de concentración desaparecida debido a la falta de oxígeno (para esto también existe una útil solución, llamada cable de óxígeno, que seca la garganta y las fosas nasales del paciente provocándole, incluso, yagas); sin ánimo al deber estar ingresado en la planta de oncología de un hospital en el que conviven en una misma habitación un paciente moribundo o, si tienes suerte, alguien un poco mejor que tú.

Suena todo chungo que te cagas, ¿Verdad?
Suena todo difícil de cojones.
Suena todo a muerte.

Pues resulta que, al final, morirse no es tan fácil como parece en las películas. Resulta que, a base de cabezonería, cariño, arraigo... en definitiva, a base de todas esas cosas que ningún médico recetaría; a base de eso, se sale. La gente tiene cáncer y sigue viviendo. La gente tiene cáncer, le extirpan las entrañas, le extirpan hasta la misma esperanza, y sale. Morirse no es tan fácil como parece.

Y es a ese clavo ardiendo que nos dice que morirse es chungo que te cagas (aunque muchas veces desearías un rápido desenlace), que morirse es un lujo, que morirse es difícil de cojones... es a ese clavo ardiente, que te sangra las manos y el corazón, al que tú te agarras para pensar que un día el cáncer pasará, y tu volverás a estar bien, o lo suficientemente bien (porque el cáncer de ovarios es prácticamente imposible de erradicar definitivamente del paciente, más aun con el hígado tocado) para sentarte frente al mar de Santander conmigo y reírte como lo hacías antes y ver crecer a tus nietos y acompañarnos en esta mierda de vida que nos ha tocado vivir, pero vivimos.

mamá
Puto cáncer.

viernes, 9 de marzo de 2012

Concurso de microrrelatos en Los Diablos Azules de Madrid

Cuéntame un cuento

Como ha venido teniendo lugar cada miércoles desde este pasado mes de febrero, hoy hemos podido disfrutar del Concurso de Microrrelatos “El tamaño sí importa”, presentado por Carlos Salem en el famoso local de Los Diablos Azules, ubicado en el mismo centro literario de Madrid, Bilbao.

Llegó la noche, y con ella Carlos Salem y su concurso de microrrelatos. Y, como desde hace ya cuatro semanas, la audiencia comenzó primero a sonreír, después a relajarse en los sillones de terciopelo negro de su local, y por fin a dejarse llevar por las palabras del que era el invitado de la noche: el escritor, profesor y poeta Antonio Díez. Autor que contaba ya con los precedentes de escritores como Jorge Díaz, Pedro de Paz o Elena Cosano a la hora de entretener a la audiencia de Salem en la tarima de Los Diablos Azules. Así, Antonio comenzó su recital de relatos con unas palabras que nos llevaron primero a conocer a sus “sosias”, personajes exactos a él que le inspiraron decenas de pequeños cuentos; después, a reír y disfrutar con sus “comentarios de texto”; aquellos que él escribe en base a una conocida canción del imaginario español. De esta forma fue que descubrimos cómo el marinero de luces de Isabel Pantoja era en realidad un drogadicto, o cómo Antonio Machín tenía la debilidad de irse de putas cada noche.

Pero lo mejor estaba por llegar, aunque quizás no para aquellos que sufren de timidez crónica. Se trataba del concurso de microrrelatos en sí; un concurso en el que, tras Antonio haber dictado una frase cualquiera a los asistentes, estos tendrían que escribir un pequeño cuento de cómo máximo diez líneas de extensión en un intervalo de quince minutos, durante los cuales tanto la puerta del baño como la del local se mantuvieron cerradas para que nadie tuviese la tentación de huir de su cometido. Pero había más, y es que ese mismo relatillo deberían leerlo después en la tarima del local, enfrente de un micrófono rojo que imponía respeto. Una diversión para los más locuaces, un reto para los más introvertidos; como aquella que ganaría finalmente el premio (una botella de vino tinto, cortesía del local); una joven que combinó su texto con una performance obligada por su timidez, en la que Carlos Salem hubo de esconderse con ella tras el telón de terciopelo rojo que rodeaba al escenario, con la finalidad de ayudarla a superar su miedo y conseguir por fin leer su texto a la audiencia que, medio riendo, medio expectante, no pudo por menos que apreciar el gesto de la muchacha.

Sería por las paredes teñidas de azul eléctrico del local, o por lo que su mismo nombre incitaba en aquellos que decidimos reunirnos aquella noche (delirium tremens), pero allí rodeados era obvio reconocer que lo que en Los Diablos Azules se organizaba no era un concurso en sí, sino la celebración de la literatura mediante su práctica, en un ambiente ebrio de creatividad y euforia; en la que, como una de las asistentes que asistió a tal evento afirmó “no sabría distinguir entre aquellos que son escritores profesionales o aquellos que escriben por afición”.

No sabemos de quién será el turno el próximo miércoles; lo que sí podemos afirmar es que, con la ayuda de su presentador, Carlos Salem, y bajo las luces rojas de Los Diablos Azules, la sensación de adentrarnos en el origen de las emociones, los sentimientos y las emociones que dan origen a la literatura, persistirán; pero siempre en pequeñas dosis.

Fotografías de Cristian Dorado.
Texto de Elena Rosillo.


Qué bonito es Fuenlabrada...

Nosotros, los pre-parados periodistas que acudimos a la cita de Los Diablos Azules, también hicimos nuestros pinitos como aprendices de escritores. Aquí dejo el de Cristian Dorado y el mío, ya que Ángela me ha censurado el suyo con la excusa de que jamás debería haber sido escrito al ser tan truño. Cosas peores se han visto, pero respetamos su decisión.

“¡Qué bonito es Fuenlabrada! No, en verdad, ¡Qué bonito es Fuenlabrada! Su campus, su gente, ¡Todo! Esto me hace pensar… ¡Vaya mierda es Vicálvaro! Desde el primer día que pasé sus puertas, supe que ese no era mi lugar. La gente me miraba mal, no sé porqué, ¡Yo no les había hecho nada! Bueno vale, sí que soy un poco raro, quizás sea por eso. Pero no, no lo es, entonces… ¿Será porque estudio Derecho?”

Cristian Dorado.


“Qué bonito es Fuenlabrada. Y su universidad, ni te cuento. Esa fachada postmoderna, esos conejitos corriendo por el campus, y ya que hablamos de conejos… esas profesoras…

–Estás suspenso, Peláez.

No me jodas, que aún tengo pelos tuyos en la lengua…

–Lamentablemente, deberás asistir a las tutorías de recuperación durante este próximo curso…

Ay pillina, si hubieras empezado por ahí… yo a tu despacho voy cuando quieras…

Qué bonito es Fuenlabrada. Y el amor, aunque sea esto, ni te cuento.”

Elena Rosillo.

Ángela ha censurado su relato por considerarlo indigno de existir siquiera. Pero dejo también aquí su foto, en recuerdo de aquel momentazo en el que Carlos Salem la tuvo que arrastrar al atril. Nótese la mirada de odio profundo.

Lo cierto es que esperamos volver a acudir a la cita, porque la experiencia fue estupenda.

domingo, 15 de enero de 2012

Aquí te amo


Poema 18

Aquí te amo.
En los oscuros pinos se desenreda el viento.
Fosforece la luna sobre las aguas errantes.
Andan días iguales persiguiéndose.

Se desciñe la niebla en danzantes figuras.
Una gaviota de plata se descuelga del ocaso.
A veces una vela. Altas, altas estrellas.

O la cruz negra de un barco.
Solo.
A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda.
Suena, resuena el mar lejano.
Este es un puerto.
Aquí te amo.

Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte.
Te estoy amando aún entre estas frías cosas.
A veces van mis besos en esos barcos graves,
que corren por el mar hacia donde no llegan.

Ya me veo olvidado como estas viejas anclas.
Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde.
Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta.
Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante.

Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos.
Pero la noche llega y comienza a cantarme.
La luna hace girar su rodaje de sueño.

Me miran con tus ojos las estrellas más grandes.
Y como yo te amo, los pinos en el viento, quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre.

Poema 18, de 20 poemas de amor y una canción desesperada, Pablo Neruda.

miércoles, 11 de enero de 2012

Un mediodía en soledad

"Dark Isolation Tokyo" de Salvi Danés

Después de salir de clase de japonés descubrí en mi móvil un mensaje del chico con el que había quedado. Dándome plantón. “Alguna vez tenía que ser la primera”, pensé. Me cagué en sus muertos, le respondí con un educado whatsap y pensé, como siempre hago, en llamar a alguien para paliar mi soledad. No soporto la soledad. No me gusta estar sola, caminar sola, comer sola. Pero esta vez no me pareció ético sobornar a cualquiera de mis compasivos amigos con mi interesada compañía. Decidí que ya era hora de aprender a aguantarme a mí misma, y comencé a andar. Primero, desde Cuzco hasta Plaza de Castilla, para ahorrarme el trasbordo en metro. Ya en Plaza de Castilla, tras ver un anuncio de “la nueva Fnac” desanduve el camino recorrido para volver al Paseo de la Castellana y pasar de nuevo por Cuzco, Santiago Bernabéu y por último, Nuevos Ministerios. La luz del sol te calentaba el rostro al caminar. La gente, sobre todo ancianos, paseaban y se sentaban en los bancos para aprovechar aquellos rayitos. Una gitana me quiso leer la mano y la despaché con un “¿Pero no ves que soy becaria y no tengo un duro?”. Fue agradable. Fue bonito. Un rayito de felicidad se me anudó a los labios y, mientras paseaba, no paraba de sonreír como una idiota. Y llegué a la Fnac. Estaba vacía. Absolutamente vacía. Pululé, mariposeé, paseé, cotilleé y ojeé todos los libros de la sección de novedades y de autores orientales. Después pensé que no sería mal recuerdo comprarme uno. Primero eché un ojo al nuevo de Javier Marías, “Los enamoramientos”. 19 pavos. Ni de coña. Después, al clásico de Natsume Soseki. 22 pavos. Tu madre. Luego Bukowski, “Factotum”. 7 euros. Venga, va. Pero no, este se lo leía mi ex. Hasta luego. No me compré ninguno. Nada de dispendios hasta cobrar. Pero la cafetería estaba tan cerca… y el menú solo 3.95. Veeenga, hazte la gafapasta por una vez en tu vida. 8 mesas dispuestas, 3 con parejitas acarameladas, 4 con mujeres solas, leyendo. Buen ambiente. Nadie hablaba, todos leían. Norah Jones en los altavoces. La felicidad acompañada de un sandwitch mixto con Nestea.



Y a la salida, lo mejor de todo. Un regalo del destino, esa diosa ramera. La perla del mediodía. El karma. Esto:


Exposición de fotografía Dark Isolation Tokyo, de Salvi Danés, en la Fnac Castellana. Un must.

lunes, 9 de enero de 2012

"Al sur de la frontera, al oeste del sol", de Haruki Murakami


Jamás me había atrevido a escribir una reseña de alguna de las novelas de Haruki Murakami. Y eso a pesar de ser un autor que idolatro y del cual me he zampado la mayor parte de su obra (traducida, claro); aunque debo confesar que aún tengo pendientes “Sauce ciego, mujer dormida”, una colección de relatos de corte mayoritariamente fantástico unidos en un librito de no más de 300 páginas, si es que llega; y “1Q84”, una saga contundente que ya va por el tercer tomo, de tono fantástico y ambiente tipo “Matrix”, una idea que ya recogió en el nunca demasiado denostado por las críticas “El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas”, novela que conseguí digerir en tres días y de la cual guardo un recuerdo agridulce… pero esa es otra historia.

Lo que iba diciendo es que nunca me había atrevido a escribirle ninguna crítica a mi amado Murakami. Ya son demasiados los que le critican, acusándole de “novelista pop” o, cómo no, “autor de masas” (que digo yo qué tendrá de malo gustarle a la mayoría).

Sin embargo, en esta ocasión, con este libro, sentía que debía decir algo. Pero empecemos por el principio. Cómo llegó a mis manos. Me lo regaló mi pareja. O la que era mi pareja hasta hace poco. El caso es que no empecé a leerla hasta después de que aquella relación se hubiese esfumado. La novela trataba de un hombre que abandonaba a su mujer por otra que había conocido en el instituto. ¿Era una indirecta? No lo creo. Empecé y terminé el libro en una tarde; otra de las virtudes de Murakami: es fácil de leer, se comprende deprisa, y el sentimiento que deja tras su lectura no es ni mucho menos rápido ni fácil; va echando raíces en tu memoria hasta que, al contemplar la lluvia bañando la ciudad, sientes que por fin has captado aquello que él quería transmitir. Demasiado poético, quizá.

El caso es que aquella misma tarde yo me encontraba al oeste del sol. Mi mejor amiga me propuso viajar al sur de la frontera, salir con unos amigos de aquí y de allá. Pero me negué. Tenía que terminar de leer el libro. Soy así de friki, y Murakami es así de adictivo. Las páginas de sus novelas te engullen por completo en un mundo frío y solitario en el que solo el amor parece calentar un poco el alma de los personajes. No en vano, la fiel y sumisa esposa de Hajime se llama Yukiko (mujer de nivel, en español Nieves); tampoco en balde jamás se pronuncia la temida frase “te amo”.

¿Nunca? Miento. Tan solo una vez, justo en aquel momento de fatalidad en el que sabes que todo va a terminar, que no hay más mañana, que bésame mucho como si fuera esta noche la última vez. Pues eso. Porque, como bien dicen los japoneses, decir “te quiero” es el acto más hipócrita que existe: “si dices eso es porque no eres capaz de demostrarlo, y si no eres capaz de demostrarlo, es que realmente no lo sientes. Por lo tanto, en ambos casos, mejor es no decirlo” (palabras de mi siempre admirada profesora de japonés). Así sucede en la novela de Murakami. Justo cuando el alma de los personajes parece insuflada de un amor verdadero y puro, cuando por fin se confiesan sus sentimientos… es cuando sabes que todo va a acabar. Y muy mal.

Lo que más me gusta de este libro, al igual que del resto de novelas de mi amado Haruki, es que jamás dice “este personaje odia a tal otro”, en su lugar recrea una escena en la que el lector sabe que ese personaje odia, aunque no lo diga, a ese otro. Jamás dice te quiero, pero sus pasajes románticos te hacen estremecer de ternura; jamás se describe los lugares principales. Un par de referencias, si acaso, es lo único que Murakami da al espectador, como queriendo decir “esto en realidad no importa, imagínatelo tú, yo tengo algo más importante que contar”. Y por último, llegamos a la verdadera razón de mi amor por este escritor, sus tramas. Inexistentes. No hay argumento. Vivencias unidas en unos hilos narrativos muchas veces ilógicos, como ya ocurría en “Norgewian Woods”, que no sé por qué motivo tradujeron aquí como “Tokyo Blues”. Lo que prima en estas novelas no es una trama que haya que culminar, resolver, o siquiera explicar. Priman los sentimientos. O, mejor dicho, los sentimientos mueven a los personajes. Unos personajes aparentemente fríos e imperturbables, pero internamente heridos y sensibles. Y esos sentimientos, esas promesas, esos deseos, les hacen viajar del sur de la frontera al oeste del sol. Y a ti, lector, con ellos.

Esta novelita tiene poco más de 200 páginas, y en esas apenas 200 páginas se desarrollan la infancia, adolescencia y madurez de Hajime. Una infancia marcada por un amor puro y verdadero a base de inmaduro e ideal; de una adolescencia vivida entre las promesas de un futuro pleno y especial, de una madurez encontrada en la búsqueda de aquello especial que le fue prometido desde niño. Y de la decepción, el fracaso, el conformismo que la visión de la falsedad de estas imágenes le provoca. Todo mezclado con una visión de la realidad como algo, además de frío, mágico y fantástico, en la que tanto las personas como sobres llenos de dinero aparecen y desaparecen cuando les viene en gana.

En resumen, imprescindible para aquellos que saben disfrutar con las novelas de este autor tan… suyo.

国境の南、太陽の西 の 村上 春樹 / "Al sur de la frontera, al oeste del sol" de Murakami, Haruki. Editorial Maxi Tusquets, 2007. Edición de bolsillo.

domingo, 8 de enero de 2012

Microrrelato


"Lisboa"

Cuando pasen los días, las semanas, los meses, los años. Cuando el pasado se convierta, segundo a segundo, en sombras. Cuando la juventud se haya esfumado y no quepan más que facturas y humo en nuestras almas de esclavos. Cuando ya no sepamos qué es lo importante. Entonces, te recordaré. Veré la luz de la Alfama reflejarse en tu cabello. Volveré a sentir el calor del vino verde en el paladar. Lloraré de nuevo abrazada a tu pecho. Acariciaré tu pie con el mío mientras duermes. Sonreiré al notar tus brazos rodeándome en lo alto de Chiado. Reiré sin parar en Belem, a tu lado. Te besaré a los pies de la ciudad del fado. Seré feliz, como lo soy ahora, que aun de mi piel no se ha esfumado el olor de la tuya. Ahora que empiezo a asimilar que, en ocasiones, la realidad supera con creces a la ficción. Porque lo mejor de vivir como en una película, es tener un buen director frente a las cámaras.